Por fin llegó a nuestras pantallas la tan esperada segunda parte de la saga Crepúsculo, con menos acción y mucho más romanticismo, donde los sentimientos son los protagonistas y donde la protagonista se queda un poco atrás en cuanto a interpretación se refiere.

Bella Swan (Kristen Stewart) y su cara de niña buena y de sorpresa mezclada con miedo ha empezado a perder fuerza. No se puede mantener una única expresión durante cuatro horas, resultado de sumar las dos películas. Y parece que la chica “amenaza” con proseguir en las venideras sin trabajar su expresividad.

Una vez más, bastante fiel a las novelas de Stephanie Meyer, aunque haya cambiado el director (Chris Weitz en esta segunda), el film narra las aventuras de estos vampiros “buenos” mezclados en momentos puntuales con los “malos”, y nace en esta segunda parte la historia particular de los licántropos, que seguirá evolucionando en las películas venideras.

En esta ocasión la historia queda con un final “abierto”, y es que ya hasta han salido los primeros carteles de Eclipse, tercera parte de la saga, con lo que seguirán explotando la gallina de los huevos de oro (hasta que se rompa, probablemente).

Adquieren mayor protagonismo los quileute y Jacob (Taylor Lautner) muestra una y otra vez sus abdominales, que lo suyo le han costado, siendo que hasta se plantearon sustituir al actor por otro “más formado” como requisito de su personaje. Al final el chico se puso las pilas y el resultado es evidente, no hay más que preguntar a las millones de adolescentes que con la volatilidad que las caracteriza han sustituido a su primer amor, Edward, por este segundo más “caliente” en todos los sentidos.

La fotografía y la música siguen estando muy cuidadas y los efectos especiales bastante conseguidos, aunque el maquillaje deja algo que desear, y las lentillas de colores empachan un poco.

Aún con todo lo positivo y el récord en taquillas que está consiguiendo, sumado al movimiento de masas que han logrado sus personajes, yo, sin duda, me quedo con el libro.