Lejos de buscar una excusa para animar a beber a aquellas personas que tienen un problema con el alcohol, científicamente hay que ser conscientes de que el alcohol, en su justa medida, es beneficioso para nuestro organismo.

El alcohol más tradicional de la historia, el vino, puede preservar funciones cognitivas de las personas de la tercera edad, lo que se ha traducido en recientes estudios que defienden su utilidad para prevenir el Alzheimer y otras formas de demencia. Además varios expertos de distintas universidades europeas encontraron una relación entre el consumo de dos vasos de vino tinto diarios y la disminución de probabilidades de caer acatarrados o de desarrollar diabetes.

Al contrario de lo que muchos podrían pensar, el consumo regular y moderado de vino reduce el riesgo de úlceras pépticas, una enfermedad que afecta a las mucosas intestinales, ya que ayuda al organismo a liberarse de las bacterias que las causan; y además evita intoxicaciones, disentería y las llamadas diarreas del viajero. Pero de cualquier forma hay que señalar que todas estas propiedades están reservadas exclusivamente para el vino “tinto”, y no otras variedades de la bebida.

Por su parte, la cerveza ayuda a prevenir infartos y en esa misma línea disminuye el colesterol negativo, e incluso recientes estudios relacionan su consumo moderado con la solución a problemas de impotencia masculina.

Asimismo se ha comprobado que la quinina que contiene el gin tonic ayuda a prevenir los calambres nocturnos, lástima que las embarazadas, que los sufren amenudo, no puedan ahogar sus males en alcohol.

Para el dolor de muelas los propios médicos incluso recomendaban hasta hace poco empapar un algodón en coñac y dejarlo actuar en la zona, por sus propiedades anestésicas, y lo sugerían incluso tratándose de niños.

En conclusión no podemos decir otra cosa que no defiendan todos los medios a diario, “bebe con moderación”, y añadiríamos… pero si tomas una copa… que sea de vino “tinto”.